El cambio curricular impulsado por este gobierno atraviesa un momento decisivo. Su eventual rechazo no sería solo un traspié administrativo, sino una señal preocupante de nuestra dificultad para entender que la tecnología ya no es una herramienta externa, sino una forma contemporánea de pensamiento que redefine cómo aprendemos, producimos y participamos en sociedad.
Mientras en Inglaterra la asignatura de Computing es obligatoria desde primero básico, Uruguay convirtió el pensamiento computacional en política de Estado mediante el Plan Ceibal y Finlandia enseña innovación a través de fenómenos reales interdisciplinarios; en Chile aún debatimos si esto es prioritario. No se trata de sumar contenidos tecnológicos, sino de reconocer que el dominio del lenguaje digital será determinante para la equidad, la productividad y la cohesión social del país.
El Ministerio de Educación lideró un proceso inédito, con más de 80 mesas técnicas y cientos de expertos que coincidieron en la urgencia de integrar pensamiento computacional e innovación como nueva alfabetización. Sin embargo, el Consejo Nacional de Educación ha observado dos veces la propuesta y se aproxima un tercer intento. Lo que está en juego no es una asignatura: es la capacidad del sistema educativo para anticipar el mundo que viene.
La reformulación de Tecnología e Innovación podría ser un punto de inflexión. Hoy, en muchas escuelas, “tecnología” aún equivale a manualidades o procedimientos, cuando podría ser el espacio donde los estudiantes piensan con las manos y crean con la mente. Como planteaba Seymour Papert, la tecnología no se usa para consumir conocimiento, sino para construirlo. Desarrollar pensamiento computacional no es programar, es aprender a estructurar, modelar y resolver con sentido.
Si bien el CNED ha valorado la propuesta, ha advertido dificultades de implementación. Pero Chile ya cuenta con evidencia: el programa IdeoDigital formó a más de 1.300 docentes en 250 escuelas públicas de 14 regiones, muchas con escasos recursos tecnológicos, logrando mejoras en aprendizajes, motivación y confianza docente. Hay bases, materiales y una red de profesores listos para avanzar.
Aprobar este cambio curricular no es un gesto simbólico. Es una decisión estratégica para el desarrollo del país: una política de equidad digital, de competitividad y de ciudadanía. Significa reconocer que la educación no puede seguir a la técnica, sino orientarla. Que el futuro no se espera: se enseña.
Mónica Retamal Fuentes y Vicente Lorca Pizarro

