Probablemente, la frase del título resume lo que en muchos círculos de académicos, economistas y hasta tecnológicos ha suscitado el debut de Chat GPT y con ello la presentación en sociedad de la inteligencia artificial (IA) generativa.

Su asombrosa capacidad de producir, manipular y sintetizar nuevos contenidos tiene a muchos intentando proyectar sus efectos en temas tan sensibles como el mercado de capitales, el futuro de la educación, el trabajo o la democracia.

Ante las dudas sobre el impacto positivo que traerá para la humanidad, la respuesta es que su capacidad de traer grandes beneficios es real. Por ejemplo, la IA podría ayudar a alcanzar la anhelada educación personalizada, permitiendo que millones de personas se incorporen al sistema educativo o laboral. Pero las empresas no se han centrado en lograr trabajadores más innovadores y exponencialmente más productivos, sino que en automatizar todo lo posible para disminuir personal.

Con algoritmos tragando datos y aprendiendo ‘humanidad’, la hipótesis de que su masificación crearía nuevos empleos, o solo afectaría a una parte de ellos, no parece realista. Su inquietante potencial para desplazar —incluso a quienes hasta hoy tenían el monopolio de las decisiones estratégicas— se hace demasiado evidente, sumado a su ya demostrada capacidad para desestabilizar países propagando actitudes antidemocráticas y en contra de las disidencias.

Daron Acemoglu, catedrático del MIT y uno de los economistas más influyentes del mundo, afirma que si bien la relación entre tecnología y economía siempre había sido beneficiosa, ‘la IA no ha generado automatización de alta productividad y no ha sido usada para crear nuevas tareas que reinstalen trabajos’. Aseguró, en el Centro de Regulación y Mercados de Brookings, que estamos lidiando con algo más pernicioso que provoca grandes desbalances de los poderes de la sociedad ’empoderando a las compañías contra los consumidores y a Estados contra ciudadanos’.

Si bien algunos líderes de la industria tecnológica han dado señales de querer frenar el desarrollo de la IA ‘por al menos seis meses’ para trabajar en protocolos comunes de seguridad, su intento de autorregulación suena poco factible. Para Acemoglu, limitar su poder desde regulaciones locales o políticas de libre competencia es insuficiente y, tal como se logró avanzar en la crisis climática, se requiere ‘un debate más amplio y un enfoque más sólido para redirigir el cambio tecnológico’.

¿Estaremos, entonces, frente a la pérdida real por parte de nuestra especie del control del avance civilizatorio? Es evidente que la caja de Pandora se abrió y, salvo que la coordinación mundial juegue un rol clave, asistiremos en un cortísimo plazo a una disrupción que replanteará gran parte de las estructuras de poder, con insospechadas consecuencias en la definición de lo humano.

COLUMNA DE MÓNICA RETAMAL PARA EL MERCURIO