Hace unas semanas, Anthropic —una de las empresas más avanzadas del mundo en inteligencia artificial— publicó un documento titulado When AI Builds Itself (“Cuando la IA se construye a sí misma”) que explica que Claude, su modelo más avanzado, ya escribe autónomamente más del 80% del código que lleva a producción. Lo que comenzó como una herramienta para asistir programadores, hoy ya no necesita humanos para generar a su propio sucesor.
Lo más inquietante es ver que son “sus propios creadores” quienes se preguntan cómo parar y abogan por mecanismos internacionales capaces de desacelerar o incluso detener estos sistemas si fuera necesario. Imaginemos, por un momento, que Oppenheimer hubiese pedido un tratado nuclear antes de Hiroshima.
En línea con la mirada alarmista, The Economist acaba de titular un reportaje como “El apocalipsis laboral”, advirtiendo que la adopción acelerada de la inteligencia artificial podría destruir millones de empleos si supera la capacidad de adaptación del mercado. La preocupación no parece exagerada: “la velocidad del cambio hace irresponsable esperar toda la evidencia antes de actuar, porque siete de cada diez estadounidenses creen que la IA hará más difícil encontrar trabajo y casi un tercio teme perder el suyo”, explica el artículo.
Otra señal es la llamada “escalera rota”, que describe la pérdida creciente de cargos de entrada (entry-level) que afecta a los jóvenes que buscan su primer empleo. ¿La razón? La automatización creciente de tareas rutinarias que antes servían como puerta de entrada al mundo laboral, sumada a la exigencia de las empresas de que los nuevos trabajadores lleguen con experiencia a espacios que antes existían para formarlos. Los roles junior más expuestos a la IA son siete veces más propensos a exigir habilidades senior, como liderazgo o pensamiento estratégico (PwC, 2026). En Chile, uno de cada cinco jóvenes que quiere trabajar y está disponible no encuentra ocupación, mientras la tasa de desempleo juvenil llegó a 21,6% (INE y SOFOFA, 2025).
Las generaciones anteriores tuvieron el convencimiento colectivo de que vivirían mejor que la generación anterior, pero en países desarrollados, apenas uno de cada cinco personas visualiza un futuro mejor (Edelman, 2025). El relato dominante de esta revolución gira en torno a productividad, eficiencia y valorización de empresas tecnológicas (incluido el derroche y enriquecimiento absurdo de algunos de sus magnates). Sin embargo, resulta mucho menos evidente cuál es el beneficio concreto para las personas.
Cada revolución tecnológica viene acompañada de una promesa: la revolución industrial ofreció prosperidad a través del trabajo; la economía del conocimiento, movilidad mediante la educación. Pero después de años de crisis acumuladas —pandemia, inflación, emergencia climática, deterioro de la salud mental, polarización y conflictos geopolíticos—, la ansiedad se ha convertido en el estado de ánimo de una generación para la cual el futuro se ha vuelto difícil de proyectar. La revolución de la inteligencia artificial irrumpe con una potencia inédita, pero sin una promesa clara para la humanidad. Y cuando desaparece el horizonte, incluso el progreso puede sentirse como una gran amenaza.
Mónica Retamal F.
Directora Ejecutiva en Kodea

