El 10 de abril de 2026 China lanzó su plan “IA + Educación”. El anuncio no apunta a incorporar más tecnología en las aulas, sino a redefinir profundamente cómo educará a sus ciudadanos: formar capacidades para comprender, desarrollar y gobernar la inteligencia artificial como eje de una nueva forma de poder económico, social y geopolítico.
No se trata solo de formar talento técnico, sino de preparar ciudadanos capaces de operar en un mundo definido por la tecnología. Y para ello, China no ajusta su sistema educativo: lo rediseña. Currículo, formación docente, gestión, infraestructura y aprendizaje a lo largo de la vida pasan a formar parte de una nueva arquitectura.
El contraste es evidente. Mientras China avanza en la construcción de capacidades a gran escala, gran parte del mundo sigue en etapa de diagnóstico, o simplemente intentando entender el problema.
La UNESCO advierte que la IA no puede sustituir el rol del docente ni reducir la educación a un proceso técnico, aunque reconoce la urgencia de formar ciudadanía digital. La OCDE, por su parte, plantea que la alfabetización en IA será una competencia central y abre una pregunta incómoda: qué conocimiento vale la pena enseñar cuando las máquinas ya escriben, calculan y responden.
Pero más allá del entusiasmo, la evidencia sigue siendo limitada. Un reciente estudio de Stanford muestra que solo una fracción menor de las investigaciones logra demostrar mejoras significativas en el aprendizaje. Si bien la IA facilita tareas y reduce la carga administrativa, también advierte un riesgo menos visible: fomentar aprendizajes superficiales si no se gestiona adecuadamente.
Para América Latina, el punto de partida es más frágil. A las brechas de aprendizaje se suma una baja formación en habilidades digitales y una débil preparación docente. Hemos avanzado en acceso, pero no en comprensión, y menos aún en capacidades para crear.
En este contexto, la inteligencia artificial deja de ser solo un desafío educativo y pasa a ser un problema geopolítico. En la economía del conocimiento no basta con usar tecnología: los países deben ser capaces de entenderla, crearla y gobernarla. De lo contrario, terminarán consumiendo lo que otros diseñan y participando en sistemas donde las reglas ya están escritas por otros.
Chile, sin embargo, tiene una oportunidad poco común en la región. Cuenta con capacidades, infraestructura y una trayectoria que lo posicionan mejor que otros países. Pero las oportunidades no se concretan solas: requieren decisión y liderazgo.
En educación, esa decisión es clave. No basta con usar inteligencia artificial. Hay que entenderla, crearla y formar criterio para interactuar con ella.
Porque la diferencia, en el fondo, es simple: o formamos ciudadanos capaces de modelar la tecnología… o terminaremos siendo modelados por ella —y por los países que la dominan.
Mónica Retamal F.
Directora Ejecutiva Kodea

