Durante milenios la humanidad resolvió un problema complejo: transformar a un niño dependiente en un adulto capaz de desenvolverse por sí mismo. Lo hizo sin manuales ni adultos organizando cada minuto de la infancia. Hoy contamos con más información que nunca sobre desarrollo infantil y, aun así, criar parece cada vez más difícil.

 

La OCDE lo explica como un aumento en las exigencias sobre lo que significa ser un “buen padre”. Y es que la llamada “crianza intensiva” supone dedicar más tiempo y atención a cada hijo, anticipar sus dificultades y controlar casi todas sus experiencias. Ese ideal influye incluso en la decisión de postergar o renunciar a la maternidad o la paternidad.

 

Mientras los adultos se sienten responsables de intervenir en todo, los niños tienen menos espacios para actuar por sí mismos. Las tardes se programan, el juego libre pierde terreno y cada trayecto requiere supervisión. Reducimos riesgos, pero también oportunidades de que aprendan a enfrentarlos.

 

Así lo plantean distintos especialistas. Sarah Blaffer Hrdy explica que nuestra especie evolucionó gracias a una crianza en donde abuelos, vecinos, tíos y otros adultos compartían el cuidado. Michael Tomasello plantea que gran parte del aprendizaje ocurre entre pares: jugando, negociando reglas y resolviendo conflictos. Alison Gopnik coincide: los niños aprenden explorando más que siguiendo instrucciones.

 

El juego nunca fue una pausa del aprendizaje, por el contrario, fue el laboratorio donde nuestra especie desarrolló autonomía, cooperación y criterio.

 

Peter Gray plantea una hipótesis provocadora: el deterioro de la salud mental infantil habría comenzado antes del smartphone, cuando el juego libre y la independencia disminuyeron. Las pantallas no habrían creado ese vacío, lo habrían ocupado.

 

En Chile, el debate sobre infancia se ha concentrado en celulares y redes sociales. Es necesario, pero insuficiente. La pregunta no es solo cómo regulamos la tecnología, sino cuánto espacio dejamos para que los niños exploren, se equivoquen y aprendan entre ellos sin dirección permanente de un adulto.

 

Países Bajos y Dinamarca lideran en bienestar infantil según UNICEF. No eliminaron la tecnología: preservaron entornos donde los niños pueden caminar al colegio, jugar con amigos y explorar con independencia. En cambio, en nuestro país, uno de cada tres niños se siente inseguro al caminar solo cerca de su casa o colegio. Las plazas se vacían y las oportunidades para practicar autonomía se reducen.

 

Regular celulares puede ser parte de la respuesta. Pero sería paradójico que, frente a un mundo cada vez más complejo, nuestra estrategia fuera solo restringir. Una sociedad no prepara a sus niños para el futuro eliminando toda incertidumbre. Los prepara cuando les da oportunidades para desarrollar criterio, autonomía y confianza ante un mundo que ningún adulto puede anticipar por ellos.

 

 

Mónica Retamal F.

Directora Ejecutiva en Kodea